
Amanecí sobre las siete de la tarde. Una tarde plácida, aunque no tardé mucho en tomar mi medicación para los nervios. En la nevera había un preparado de lechuga y pollo bañados en mayonesa. Joder, estaba bueno.
Mi padre, deterioro cognitivo que no llega a grado 3 pero, nos han dicho, llegará, ha empezado a fumar. A mí la paga me llega justito para tabaco, así que no me es fácil asegurarle que sí, que tengo, y proceder a tenderle uno o dos benditos y malditos cilindros.
Mamá, metástasis trasladada al pulmón (no, no fumo salvo en mi habitáculo -ni idea papá, ahora que es fumador-), llega de hacer la compra, a la que han acompañado mis tíos (nada podría hacer la saga de la que soy perteneciente sin su ayuda). Esta vez no han olvidado mis Gusanitos. Eso me ha supuesto una bendición hasta que he visto que en la bolsa podía leerse “sin gluten”.
La nocturnidad es excelente para un escritor como yo, que persigue el sueño de pertenecer a ese aproximado 18% de escritores cuyo producto puede encontrarse en librerías que cuenten con libreros. Ahora estoy intentando escribir una de juicios (no terminan de cuadrar los hechos, pero menos la arquitectura de la novela -según mi IA-). Me estrello a la contra de mi buen abogado, el Sr. Bringas.
Joder.
Gritos.
La 1:30.
Sólo conozco de primera mano, de entre la medicación que le han asignado a papá, la Quetiapina y el Escitalopram.
A veces pasa. Cada vez acudo a esas alertas con menor susto.
Mamá tiene que levantarse a las 7:00 porque le toca quimio. Esto pasa a menudo. Cada tres noches. Mamá tiene miedo de que mi padre se haga daño. Sueña muy fuerte. Una vez entro en escena, mi madre se tranquiliza un poco. Hoy no ha sido fácil. En su sonambulismo, debido a recuerdos de la niñez, época en la que ejercía de pastor, alguien le había robado la ropa cuando se estaba lavando. Creo.
Ya he aprendido. Le sigo la corriente. Hoy no ha sido fácil. Ha registrado la casa en lo que le seguía de cerca procurando que no se cayese.
– Como pille a ese hijoputa.
– La ropa sigue al lado de la cama, papá.
– Esa es otra.
No sé cómo lo consigo una y otra noche. Hoy es mi récord negativo de tiempo. Casi media hora de deambulo en busca de un hijoputa que se había escondido entre armarios y cajones.
Luego hay que recoger todo.
He conseguido, para tranquilidad de mamá, llevarle de vuelta a la cama. Tras un cuarto de hora, todo parece tranquilo salvo en la habitación desde donde me encuentro tecleando.
No lo dudo, lleno mi vaso de agua en el baño y procedo a vaciar una botellita de Haloperidol que tenía guardada en mi cajón de rescate. (Al abrirlo, he reparado en que tampoco se encontraban ahí ni la ropa de papá, ni tampoco el hijoputa).