Preludio de una borrasca
Preludio de una borrasca
Editorial Eolas, 2018
Sinopsis
Prólogo: En la trinchera con Masa
Algunos dirán que es fácil conocer a Alberto Masa leyendo sus textos, pero yo diría que no. Este es su cuarto libro publicado, y en la misma editorial; en estos días en los que es casi imposible que autores y editores encuentren una simbiosis en el depredador mercado del libro es casi una proeza. Pero la proeza se comprende cuando examinamos la tetralogía que firma Alberto Masa en Eolas, empezó con el divertido y tremendista Roberto Alcázar supongo, un torrencial poemario en el que se explora a sí mismo como un aviador acrobático, jugándosela a ras de suelo. En Inconcreta desdicha la novela se encarnizaba en una crónica farmacológica que posiblemente no llegó a ser entendida; y en la tercera entrega del universo Masa, Confesiones de un hombre raquítico, el amor y un glorioso patetismo agridulce yacían en unas páginas en la que su autor parece mostrarse, pero quizás, más bien, se camufla.
Alberto Masa sólo sabe ser fiel a sí mismo, por eso no intenta saber de tendencias ni modas; sin embargo es un lector atento y pendiente de las últimas novedades de sus santos particulares; podría revelarlos, coincido con él en muchas devociones (y por qué no decirlo, repulsiones), pero prefiero que el lector saque la vara de zahorí y busque en el territorio Masa las influencias de las que se nutre. Él es escritor, no mago, así que no se preocupa por esconder sus trucos, no es difícil descubrir las estampitas que forman su santoral, y es un ejercicio lector gratificante, aunque no exento de dificultades.
Supongo que ya me he hecho mayor y pertenezco a la generación que admira a los escritores por sus influencias y lecturas; esta es una de las cosas que me hace amar a Masa.
No se trata de un escritor de los que ocupan las primeras planas de los periódicos o de los que tienen en el armario un montón de exabruptos que exhibir en los estudios de televisión; él pertenece a una estirpe silenciosa y nocturna.
Sin embargo no es tímido, es fácil encontrarle en las redes sociales. Probablemente estará tomándose un café a las tantas y seguro que tendrá un cigarrillo en los labios; y medio millón de colillas en el cenicero. Es un escritor de pantalla de ordenador, de día encerrado en casa, de los que “piensan con los dedos” (le escuché decir una vez).
Alberto Masa a veces se desespera y es entonces cuando se arranca con sus mejores páginas. Como el cantaor ebrio que, de repente, cuando la noche está vencida, rompe a cantar solamente para dejar constancia que sigue ahí, de que la undécima botella de vino no le ha tumbado y de que el talento no sabe de lógica o de horarios. Preludio de una borrasca, pertenece a este tipo de inspiración: esquinada, noctámbula, arrancada de alguna hora de la madrugada que sólo existe para Alberto Masa y de la cual estamos exiliados el resto de mortales. Este libro tiene un ritmo de respiración, es un torrente de relatos cortos que se esparcen como los días, pero está escrito por alguien que sabe capturar el rayo de luz que flota en el polvo de una habitación oscura y que sabe extraer la poesía devastada de las cosas. Solamente él puede terminar un relato con una frase como “Era consciente de que tenía sobras de lentejas en la nevera cuando me levantara”, o empezar otro con “Echo muchísimo de menos encontrarme con personas decapitadas cuando salgo a que me dé el aire”.
Y esto no lo escribe con aspiraciones a épater les bourgeois; no hay impostura alguna en su literatura, solamente hay una verdad que a veces duele y a veces no. Que simplemente está ahí para ser retratada con vertiginosos trazos de cotidiano delirio. Preludio de una borrasca no está escrito para ser comprendido, sino para ser leído. No tiene sentido que usted, lector, saque la bandera blanca y salga de la trinchera con las manos en alto; lo único que puede hacer es seguir disparando, colocarse al lado de Alberto Masa, contemplar las regiones devastadas y compartir un cigarrillo con él. El escritor no inventa las batallas, pero las cuenta; y las pequeñas guerras que se relatan en este libro son las que todos vivimos.
Decía al principio que algunos dirán que es fácil conocer a este autor por sus textos, pero en cuanto usted lea esta colección de relatos, comprobará que no es así. Probablemente cada línea esté más cerca de usted que del autor. El escritor siempre irradia, y el lector siempre se impregna. Quizás Masa estuvo alguna vez dentro de estas historias, pero hace mucho que ya no está en ellas; ahora estará en otro lado, ¿quién sabe dónde?
Este libro probablemente no irrumpirá en la lista de los más vendidos, ni puñetera falta que le hace. Pero sí servirá para que muchos conozcan a un autor que todavía es secreto y que se llama Alberto Masa. Y, ¿qué quieren que les diga?, los secretos están para contarse; pero antes déjense contar por las páginas que siguen. No se resistan. Todos estamos dentro de ellas.
Alberto Ávila Salazar
Reseña de Antonio Tocornal en RRSS
Cuando un lector y un escritor coinciden en una lectura, aun sin conocerse, esta estará siempre ligada a cierto pacto entre las partes que a veces se establece a priori según referencias anteriores, y a veces según unas pautas convencionales que deben ser fijadas por el autor en las primeras páginas: identidad del narrador, tratamiento, voz, estilo, género, etc.
¿A qué tipo de acuerdo deben llegar Alberto Masa y uno cualquiera de sus lectores para que estos puedan adentrarse en Preludio de una borrasca con aprovechamiento?
Muy sencillo. El contrato tendría que incluir la siguiente cláusula:
«Antes de emprender la lectura de Preludio de una borrasca, el lector deberá olvidar los códigos literarios que haya podido aprender a lo largo de su vida como lector. Deberá leer con los ojos limpios de un extraterrestre o de un recién nacido o de alguien de una tribu remota, analizar el texto como si fuese un sueño y rechazar juzgarlo a partir de modelos aceptados».
Parece fácil. ¿Verdad? ¡Y un cojón!
Esa necesaria forma de aproximación, está claro, no te la explica nadie: ni el autor, ni el editor ni el prologuista, que no hay. Eso hay que intuirlo/deducirlo a partir de las primeras páginas. Si lo consigues, a partir de ahí, el libro es como un paseo por el laberinto de espejos deformantes de una feria, o como el sueño de esos espejos o el reflejo de un sueño o, aún mejor, el «recuerdo etílico del reflejo de un sueño», que es la forma más directa de llegar al subconsciente.
Los textos de Alberto tienen algo de visionario, como si durante una madrugada lúcida e insomne pudiese darle la vuelta a sus ojos para mirar sin filtros hacia el interior del cerebro y transcribir lo que lee.
¿No tiene eso algo de masonería? ¿De Literatura para iniciados?
Uno puede estar tentado de buscar referentes: escritura automática, surrealismo… encontrará un montón de ellos, pero no es necesario.
Esta es, a mi juicio, la palabra mágica: Libertad. Me consta que Alberto Masa tiene una vastísima cultura literaria, y que ha sabido digerirla y abandonar cualquier tentación de hacer alarde de ella para concentrarse en lo básico: en la palabra. En el significado de la palabra sin la servidumbre del significante y al revés.
Alberto no construye frases con palabras: las pinta. Pinta cuadros impresionistas con palabras que a primera vista parece que a veces lanza ―iba a decir «escupe»― contra el lienzo pero que ―no se engañen― están muy calculadas.
Alberto Masa ha conseguido algo que la mayoría de los escritores que conozco llevan buscando mucho tiempo o ni siquiera saben que lo necesitan: la liberación de la norma, del dogma, del tabú, para crear un vínculo directo entre el estrato más básico del cerebro y la piel de la realidad que es común a todos, allí donde recaen todos los dolores.
Sus textos irradian electricidad de la misma forma que un cable pelado: no la transmiten de un extremo al otro, sino que es perceptible en cualquiera de sus puntos.
¿Es la Literatura un salvavidas para Alberto Masa? ¿Un asidero para no perecer ahogado? Puede, pero eso no nos concierne demasiado ya que nosotros somos los lectores y nuestro papel es otro. Lo que nos interesa es que el proceso de destilación de ideas/fantasías/miedos/palabras que es la escritura de Masa, al final producen una gota de aceite esencial, que es la que nos llega, y que en él está concentrado todo el sufrimiento y la complejidad del ser humano y eso, por fuerza, también compete a nuestro patrimonio emocional.
Si tuviese que mencionar todas las frases que he subrayado de este libro, necesitaría cien páginas. Si tengo que escoger una, me quedo con esta, porque en ella está dicho todo: «La locura es una gota de oro en el cerebro. Hay gente que nace con esa gota de oro».
Cojan un texto de Alberto Masa y exprímanlo. De él saldrán chorros de poesía, y esa poesía saldrá despojada por completo del cáncer de la poesía que es la solemnidad.
Pero primero olvídense de todo lo que hayan leído antes.
Reseña por María Gelpí
Alberto Masa me confesó un día que era un ruso perturbado venido de Siberia. ¡Claro, Alberto! Como todo el mundo, Alberto, es más honesto cuando se pone una máscara que cuando se la quita, aunque él las tiene a cascoporro. “Preludio de una borrasca” es una tormenta de máscaras, prontuario de personajes. Es lo más parecido a hacer voyerismo en la sala de espera del psicoanalista con la simple motivación de que ponen esos caramelos que no encuentras en ningún otro lado. Desde ahí, charlatanería y delirio son transliterados por la sintaxis de Masa de manera magistral, en sinuoso lenguaje cotidiano que arrastra como por un tobogán del Aguapark, con la corriente y el bagaje cultural que transpira su alma de lector empedernido. Solo él sabe sacar ternura de los vicios más escabrosos siempre que haya cabida para el amor de lo cotidiano mirado por el lado más sórdido del poliedro. En ocasiones refleja conversaciones tiernas y paternales sobre niños muertos a los que le rebota la cabeza con natural brinco al ser arrastrados escaleras abajo por la pierna, u hombres que esputan el pulmón a trozos tan grandes que no cuelan por los agujeros del desagüe y tienen que darles con paciencia virtuosa para hacerlos pasar.
Leer a Masa es como ir descalza por la hierba, placer absoluto de frescura del cosquilleo orgásmico de lo verde, sabiendo que en cualquier momento pisas la mierda: puta vida, nada más. Alberto, desde la amistad que nos une, os diré, es un pletórico perdedor, rico en amores y melancolías de humo y espirituosos, detallista y cuidadoso con los suyos, con sabor a cebolla, dulce y picaresco, lleno de capas por descubrir. Es capaz de ponerse la máscara de follador conciliador, de niño adulto, de la zalamería y la necesidad, de la humanidad de la miseria, del que echa de menos ver personas decapitadas cuando sale a tomar el aire y del que duerme tranquilo porque sabe que tiene sobras en la nevera. No es difícil identificarse con personajes como aquel que, desde que tomaba omeprazol para cosa de una úlcera, oía, en el interior de su cerebro, al presidente del gobierno de España dar discursos, sobre todo si pensamos en lo descabellado de lo cotidiano y la metralla de los media. El libro de Alberto te reconcilia con lo absurdo de lo real a hachazos de ironía y sarcasmo, ternura e ingenio, como la vaca que se mete la cabeza por el orto para oír la hierba al viento. Yo, desde que me he sumergido en Masa, veo corazones en los excrementos que mi perro deja pegaditos a la farola mientras espero su nuevo libro.