Tres nichos colindantes

Tres nichos colindantes

Editorial Eolas, 2023

Sinopsis

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Presentación de Álvaro Fierro Clavero
17/10/2023 — Librería Sin Tarima

El nombre propio Alberto es de origen alemán y tiene una etimología —ya saben, eso que se inventaban los profesores de lengua para darse importancia— interesante. Procede de «Alb», que significa «noble» o «ilustrado» y de «Behrt» o «Brecht», como el famoso dramaturgo, que significa «brillante» o «famoso». Por tanto, un Alberto es alguien noble y brillante, a lo que el apellido Masa le añade importantes propiedades. Una masa brillante y famosa, noble y culta, como un tocho de mármol o un lingote de oro es quien ha escrito —menos mal que el Word me informa de que he tecleado erróneamente la palabra «escroto», lo que también podría convenir al hablar de Alberto— este libro al que, en un espasmo de creatividad, ha titulado «Tres nichos colindantes». El gran músico Erik Satie tiene una obra genial titulada «Tres fragmentos en forma de pera» que ni son tres ni tienen forma de pera.

 La obra que hoy nos ocupa sí se corresponde con el número tres, pero ni son nichos —por lo que más adelante se explicará—, ni son colindantes, salvo que el lector comprenda que lo ocupan todo, en cuyo caso es forzoso que estén uno al lado del otro. A mí me parece que este tocho brillante e ilustrado quería escribir una obra existencial y metafísica en la que se hablara de un tipo que frecuenta los bares y es aficionado al vodka, y el caso es que, a través de lo cotidiano, de lo consabido, Alberto Masa acierta a construir un discurso sobre esa parte del mundo que, pese a estar más allá, fuera del tiempo y del alcance de la mayoría de los cerebros, tenemos enfrente sin que nos enteremos verdaderamente. Leemos en la p. 35: «Reces a quien reces, será a mí a quien reces», porque Alberto aspira a ocupar por completo la cabeza del lector y que sus libros se conviertan en algo así como un vademécum existencial o un Quinto Evangelio para lectores dipsómanos o tristes.

 Yo creo que nuestro autor pasa de la poesía a la narrativa sin darse demasiada cuenta de las implicaciones trascendentales que esto comporta, un poco porque su escritura rehúye lo formal en su aventura por decir sus dramas. Para que ustedes me entiendan, es un monólogo exterior e interior a un tiempo con pretensiones de diálogo con los lectores, en un continuo confesional, intimista, conmovedor, que conecta a cada uno con lo que siempre quiso ser, acaso porque Alberto ha intentado ser muchas cosas antes de ser lo que es hoy, y esto que él percibe como una sucesión de fracasos —las famosas «presentes sucesiones de difunto» de las que hablaba Quevedo— son su creación máxima, porque ha conseguido parecerse a lo que él describe que es en su literatura, a diferencia de todos los que —en esta era de redes sociales— fingen ser una cosa y en realidad son otra, o el caso peor de aquellos que creen ser no se sabe bien qué y lo único que hacen es producir pena porque no son nada.

A mí la pena que me produce Alberto al leerle en realidad es alegría y admiración, deseo de ser suavemente como él algún día, cuando mis patéticos intentos particulares por ser otra persona por fin terminen y comprenda que el camino que él emprendió hace muchos años es el único sensato, el único que lleva el cuerpo a algún sitio que esté a salvo de las hostilidades de la vida. Escuchemos las frases escalofriantes con las que concluye el libro: «He ido […] convirtiéndome en invisible, como cualquier hijo de vecino de los que quedan vivos. Ya no estoy allá. Temo dejar de respirar […] Me pongo a prueba. E intento no perder. Esto es, intento lo imposible.» Con todo, leer a Alberto exige del lector cierta astucia que le ayude a sortear todas las trampas que el texto le tiende para que no llegue a comprender que nos encontramos ante alguien verdadero y espiritual, aunque el espíritu de Alberto está hecho de cosas materiales y concretas como ser del Atleti o beber vodka o su loro Charlie, que pese a

parecer un ente de carne y hueso, es la parte inmaterial, ornitológica y aérea de su alma. Dice en la página 32, un poco por despistar o por asustarnos: «tengo el antojo de que muramos definitivamente», porque a Alberto —quizá por eso de escribir directamente sus libros en las redes— tiene la tendencia o la necesidad de llamar la atención en cada cosa que escribe, y esa búsqueda del comentario disuasorio —«¡no, por Dios, no te mates!», o bien ¡sigue, Alberto, te adoramos! — es lo que lo mantiene en la brecha de la escritura pese a todos los reveses que debe encajar el escritor poco famoso. Contra lo que esperaríamos, ese escribir cara a la galería a él lo beneficia, quizá porque escribe en sitios donde hay poca gente, como Brunete, o la noche —que es el lugar donde escriben los mártires del haloperidol y el tramadol—, o la infancia, que es el recinto donde sólo queda él de todos sus compañeros, que se han ido haciendo convencionalmente mayores, y cuando únicamente se escribe ante uno resulta beneficiosa esta sobreexposición en directo que mencionábamos.

Quién sabe si para superar el hecho de que entre los planes de la Casa Real no figure invitarlo a la jura de bandera de la princesa Leonor —tengo entendido que los canapés que dan en estas recepciones son del tamaño del Estadio Metropolitano, Alberto—, nuestro poeta narrador se desespera y se le anega la ilusión, y le sale el lado nihilista: p. 16, «descubres que todo lo que no es vacío es vértigo al vacío», o p. 62: «Qué rápido se nos fue la vida», o p. 72: «La vida es uno de esos domingos/ donde el sol está hecho de chatarra», y esta disquisición en torno al nihilismo aparente de Alberto nos lleva al motivo central del libro, a lo que acaso explique esa insistencia del Alberto en golpear los yunques de papel a la que llaman literatura, p. 75: «Sólo he sabido protegerme del mundo/ con lo que pone en estas finas hojas». De los versos anteriores se deduce que nuestro autor experimenta la existencia como una agresión, aunque hay que tener en cuenta que para él lo que de verdad es inaceptable es no tener citas constantes con Scarlett Johansson o con Margot Robbie.

Alberto, nadie diría que te haces la mejor publicidad con versos como (p. 87): «Yo fui aquel ser amable», o bien (p. 106): «Una ducha tampoco me vendría muy mal». ¿Así cómo quieres que te den el móvil las chicas, Alberto? Sin embargo, en la página 143 encontramos la solución a este enigma: «El ser humano […] se diferencia de los demás bichos en que se permite amar sin ser correspondido», de ahí que Alberto mantenga romances simultáneos con las dos actrices antecitadas sin que ellas muestren el menor atisbo de celos.

Porque, y esto se revela sutilmente a lo largo de todo el libro y en su obra completa, la verdadera razón por la que Alberto escribe es para que le queramos. El problema estriba en que por mucho que se le diga, él sigue queriendo sentirse amado, por lo que me he permitido preguntarle a ChatGPT cómo se podría construir un piropeador. He aquí la respuesta a la pregunta ¿cómo podría construirse un piropeador que elogie sin interrupción a un tipo llamado Alberto Masa?

» Construir un piropeador o generador de cumplidos personalizado que elogie sin interrupción a una persona específica como Alberto Masa sería un proyecto de programación y desarrollo de inteligencia artificial. Para crear un piropeador como este, necesitarías habilidades de programación y acceso a tecnologías de procesamiento de lenguaje natural, como GPT-3.5 (la tecnología que impulsa a este asistente) o un modelo similar. » Aquí hay un enfoque general para crear un piropeador que elogie a Alberto Masa:

1. Recopilación de cumplidos: Debes recopilar una lista de cumplidos y elogios que quieras que el piropeador utilice para alabar a Alberto Masa. Cuantos más cumplidos tengas, mejor será la variedad y originalidad de los elogios.

2. Selección de tecnología: Utiliza un modelo de procesamiento de lenguaje natural (NLP) para generar texto. GPT-3.5, si tienes acceso, es una excelente opción. También hay otros modelos NLP disponibles, como GPT-4, que pueden ser útiles.

3. Desarrollo del código: Debes escribir código que interactúe con el modelo NLP para generar los elogios. El código debe aceptar el nombre “Alberto Masa” como entrada y generar cumplidos basados en la lista que has creado.

4. Entrenamiento y ajuste fino: Puedes ajustar el modelo para que los cumplidos sean más personales y específicos para Alberto Masa. Esto puede requerir un entrenamiento adicional utilizando ejemplos de cumplidos específicos para él.

5. Implementación de la interacción: Puedes implementar el piropeador en una aplicación o plataforma, como un chatbot, un sitio web o una aplicación móvil, para que otros usuarios puedan interactuar con él y recibir cumplidos personalizados.

6. Pruebas y refinamiento: Debes probar el piropeador para asegurarte de que funcione correctamente y ajustar su funcionamiento según sea necesario. A medida que obtengas comentarios, podrás refinar y mejorar el sistema.

 Es importante recordar que la ética y el consentimiento son fundamentales. Asegúrate de que Alberto Masa esté de acuerdo con el uso de su nombre y la generación de cumplidos en su nombre. Además, ten en cuenta que elogiar a alguien de manera continua puede resultar incómodo, por lo que es importante utilizar esta tecnología de manera responsable y respetuosa. Este proyecto requeriría conocimientos sólidos en programación, procesamiento de lenguaje natural y ética, así como acceso a recursos de desarrollo de software y tecnología NLP. Uno de los modos más interesantes de explorar lo que los autores piensan es rastrear los intertextos y estudiar la personalidad literaria de los escritores citados. Hagamos este ejercicio con TNC:

• p. 106: «no hay mucha diferencia entre afuera y adentro», que a mí me remite a una cita de Goethe que empleé en uno de mis libros: «está fuera lo que está dentro».

 Esto me permite inferir que Alberto es un romántico, esto es, alguien para quien lo primero son los sentimientos, antes que la razón o la lógica.

Este rasgo de Alberto lo vemos también en su adhesión frecuente en las páginas de TNC al surrealismo, que es una de las muchas formas que ha adoptado en el siglo XX la radicalización del romanticismo.

• p. 116: «Porque yo he visto a las mentes más apestosas de mi generación jugar al Risk en el SecondLife», que remite claramente al arranque de Aullido, el poema de Allen Ginsberg: «He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura».

o De ahí se deduce el carácter contracultural de Alberto, su devoción por José Luis Perales, por el Atleti.

o Al mismo tiempo, Alberto estima que el perímetro de la literatura incluye de manera muy relevante el malestar, la provocación, los temas delicados como la sexualidad, la enfermedad mental, el alcoholismo o las adicciones.

o Aunque se distancia de Ginsberg en la ausencia absoluta de activismo político, y nunca le hemos leído nada conectado con este aspecto de la estupidez humana.

 • p. 121: «Esto es un chaval que entra en un bar, bebe un par de vodkas y […] Tras toser un par de veces […] empieza a vomitar personitas bien vestidas». Este pasaje me remite a un célebre momento del Tristam Shandy —cito de memoria—, en el que se nos explica que lo que viaja con el semen desde el hombre a la mujer son personas diminutas que lo único que harán en la madre es crecer de tamaño. Sterne aprovecha la circunstancia para contarnos que hay que bautizar a todas esas personitas y por ello recomienda beber agua bendita.

o Alberto se vincula a Sterne en que es un librepensador sin apriorismos ni obligaciones de ningún tipo hacia nada que no sea su Atleti. Todo lo demás él lo trata con distanciamiento que parece respeto, pero que no es otra cosa que indiferencia.

• p. 126: «Yo había cogido a la belleza durmiendo y la había desfigurado con un cúter», que a mí me remite al pasaje de Una temporada en el infierno en el que Rimbaud dice: Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la hallé amarga. Y la insulté.

o Como Rimbaud, Alberto es un iconoclasta, un destructor de imágenes bellas que pretende instaurar un nuevo canon de belleza no basado en la proporción o en la forma, sino en la angustia y la desesperación.

o En su búsqueda de un nuevo canon estético del cuerpo, Alberto se fija significativamente en el interior, p. 106: «Dentro del cuerpo todo parece […] ordenado».

• p. 135: «¿Con qué cara llorar en el teatro?», que es una reproducción literal de un verso de mi idolatrado César Vallejo del poema «Un hombre pasa con un pan al hombro».

 

o Y es que la obra de Alberto tiene también mucho de crónica del dolor y del sudor del poeta peruano, aunque veo una diferencia fundamental entre Vallejo y él: César Vallejo es una especie de altavoz para el sufrimiento de los demás y la repercusión que ese sufrimiento ocasiona en él, mientras que en los libros de Alberto Masa es él quien sufre, aunque con resonancias ecuménicas, de modo que cualquiera puede reconocer en su llanto sus propias lamentaciones. Y este punto de diferencia con César Vallejo me lleva a señalar la principal característica de la literatura de Alberto Masa: su solipsismo.

Lo único que existe en la literatura de nuestro autor es él mismo chocando contra el mundo, colisionando con lo que ha sido construido para otros pero no para él. De ahí su nostalgia de la infancia, de ahí sus arranques exhibicionistas e impertinentes que en ocasiones recuerdan a Diógenes. Esta seña de identidad, junto con el cultivo constante de una poesía ácida y dura, y el desprestigio constante de su yo literario nos lleva a considerarlo como un genuino y legítimo continuador de la obra del insigne Henry Miller.