Inconcreta desdicha

Inconcreta desdicha

Editorial Eolas, 2014

Sinopsis

Reseña de MJ Vidal Prado en RRSS

¿Estoy o no estoy? ¿Soy yo o soy otro? ¿Eres Dios o un insecto? ¿Un doctor o un espejo? ¿Eres real o eres la gelatina de mi mente? Escribo una tesis, ¿a quién me dirijo?

Alberto Masa, en “Inconcreta desdicha”, agrede al lector con lo bello y terrible de su prosa, donde el delirio y lo real desdibujan sus límites, y la angustia convive con el chiste, como si un ángel negro entrara tropezando en la habitación, como un albatros.

Una ficción que, pareciendo el relato de una experiencia vivida en primera persona, es en realidad una explicación de la realidad como alucinación multiplicada en los espejos de los nombres, los rostros; con personajes imaginarios o reales, asesinados y resucitados, que ofrecen o niegan su amor; protectores o agresivos, mientras un dios es devorado y defecado.

Planea sobre estas páginas la idea de Artaud sobre la producción humana como excremento. Alguien explora en nuestras heces buscando nuestra identidad. La psiquiatría intenta un control imposible sobre la multiplicidad de lo real.

A veces en clave poética, otras cómica, otras kafkiana, Alberto Masa nos conduce por los pasillos del hospital, porque este es el trabajo del escritor:

“Escribo con un pájaro muerto en una mano y, en la otra, un ramillete de flores secas.

No hay nadie a cien kms a la redonda, pero se oyen las voces de quienes desaparecieron sujetos al mismo precipicio en que me encuentro procurando elevar el pájaro a la vida, procurando la viveza de estas amapolas muertas.”

 “Inconcreta desdicha” es la historia de una experiencia en un psiquiátrico, pero ese psiquiátrico es una metáfora del mundo, con sus doctores, sus amores fáciles y difíciles, las lejanas llamadas de los padres, los neurolépticos que intentan apagar la lucidez.

Los personajes aparecen y desaparecen, el propio rostro se transforma en otro. A veces lo imaginado es real, otras veces lo real es descartado como alucinación. No hay un yo, un aquí, una continuidad lógica de los hechos. Es un delirio al que asistimos como sujetos u objetos, “ese mundo- que diría Panero- del que hablan entre sí los alucinados, los muertos.”

“¡Alberto! Atiendo a mi nombre por mucho que no sepa si es real o no (tanto el nombre como la voz que lo pronuncia).” El yo es una invención de uno mismo o de otro, otro que nos asigna un papel; el yo es el centro del reality show de la vida de uno mismo como espectáculo para las redes sociales.

El otro nos afirma, nos niega, nos droga, nos cambia el rostro. Nosotros también inventamos al otro, podemos darle muerte y resucitarlo. Todo sucede por las calles de un pueblo o los pasillos del hospital del mundo. “Esta enredadera de hospitales que se chocan uno con otro hasta recorrer todo Madrid. Viven, como tú, en tu mente.” (MJ Vidal Prado en RRSS)

Reseña de Mario Marín, en RRSS

He de decir que comencé a leer a Alberto Masa por una pura casualidad de la vida. Gracias a esta jungla en la que ahora escribo, me encontré un día inmerso en un fragor de palabras, una batalla de sensaciones y sentimientos a flor de piel que me transportaron en volandas a un universo único y sorprendente. Aún sin entender, confieso, dónde se escondía realmente el meollo de la cuestión, el lenguaje y el estilo de Alberto me deslizaron a través de una literatura maldita, sin ningún atisbo de corrección ni sentido de lo “correcto”, una literatura excelsa en su calidad y en su radical planteamiento, algo nuevo y original para estos tiempos de buhoneros mercenarios y vendedores de humos.

De pronto me encontré inmerso en el espacio de Masa, un mundo que desde entonces me propuse conocer más a fondo. No pretendía entender, ni lo pretendo ahora, su peripecia vital, su bajada a los infiernos -si es que alguna vez discurrió por esos parajes-; sólo quería llevarme conmigo un trozo de su vida, una pequeña muestra de su sabiduría que me permitiese a mí reflexionar y plantearme qué hay en común entre su historia y la mía. Todo ello arrastrado por un estilo y una cadencia que, desde el primer momento, me subyugó y me trasladó a los confines de mi memoria.
Por esto leo a Alberto, porque como él me dijo un día: “hay veces que ni yo mismo me entiendo” y este es el verdadero punto de partida.