Me parece odioso. He bebido alguna que otra cerveza con mis amigos y, aun así, tengo ganas de escribir, pero ¿Qué podría decir? ¿Atreverme a contar el qué? Vivo lejos de donde soy amado, no demasiado, pero un poco sí. Por otra parte hice bien en abandonar el barrio. Mis solitarios paseos me llevaban a las ruinas del colegio donde me aprendí a moderar debido a castigos que me fueron injustos, no obstante sanos. Los azulejos de la pared negros reflejaban a un tipo sanote, enérgico y excesivamente alegre. Ya había un brote de nostalgia en el brillo, sí, brillaban y de puro inútil siguen haciéndolo, mis ojos. Los cuales deberían ser arrancados como en Edipo. Arrancados y lanzados al vacío donde pertenece cada foto que tomaron dándolos cierre. En un parpadeo se va hasta la vida. Un parpadeo equivale a demasiados corazones dejando de latir. Hay panzas de hambre y moscas cuyos ojos otean una sandía picoteada por grajos. Hay. No, no siempre estaba castigado. En clase simulaba pedorretas e inventaba cánticos destinados a afear las beldades maníacas del ñoño de la clase. El profesorado era permisivo hasta cierto punto. Ya en la adolescencia tuve un acné cabrón y mi colegio de ese entonces era fino. Se hablaba inglés bien. Yo repetía. No daba la nota aun pasando un examen de competencia (mi puntuación: 5´5). Luego me puse a hablar solo en los bares. Cuando conocí a mi primera novia hablaba solo estando ella delante. Me confundía y pensaba que esas palabras que yo me dedicaba eran para ella. Repetí errores. Los errores eran dogmas poco ciertos excepto para mí. He dedicado mi vida a repetirlos. También he de decir que mis ojos, que antaño lucían, hoy lo hacen, si bien cada vez menos. Dejé de repetir esos paseos. Lo demás no. El tesoro debe de andar en alguna parte. ¿Una mujer? Son errores, pero seguiré tropezando. Mi aldea es líquida. Me acerco. Lamentablemente. Y sí, sigo hablando solo. Solamente cada vez lo hago en un tono más bajito. Y cada vez menos.