
En el antiguo apartamento, antaño dedicado a elaborar dulces, puede concretarse la imagen de un jovencito. Acercándonos un poco, vemos cómo intenta abrir el plástico de un bollo, probablemente una magdalena. Lo ha intentado ayudándose de las manos, también de los dientes. Finalmente, ve cómo su presa cede y procede a llevárselo a la boca. Es necesario comer, nos dice cuando nos encontramos lo suficientemente cerca. Nos pide ayuda, le decimos que se dirija a la cámara de nuestro teléfono móvil. Dice que se llama Manuel y que tiene veinte o veintiún años, duda. Nos saca un dedo, nos dice que nos vayamos a la mierda. Poco después estoy solo en la calle. Hay frescor, intento respirarlo. Enseguida toso. No puedo respirar. Pero me encuentro afín al clima y el aire. Me encuentro con cabezas por el suelo. No son mi cabeza y me permito jugar con ellas al fútbol. Me siento alguien nuevo cuando consigo estrellar una en una ventana. Corro, como esperando que el dueño de la casa pueda resultar enfadado, incluso agredirme. Casi olvido, tras el episodio, de que respiro, respiro como nunca. Hace un rato no podía y ahora ¡Ahora! Respiro. Alguien viene, escucho sus pasos avanzar hacia mí. Es un ser descabezado. No puede hablar. Parece enfadado conmigo. Corro en la dirección norte, intento ocultarme. No puede verme, no puede oírme, y, no obstante, me persigue. Una mano me coge de la espalda. Temo las represalias de alguien. Es Manuel, el chico que comía en el apartamento de dulces. Me dice que puedo confiar en él, y repite: Nos conocimos hace un rato. Tú no ibas solo, pero, como siempre, ibas solo. Yo estoy solo. Tengo una navaja y, si no quieres morir, entonces, has de darme tu ropa. Se justifica, llora ante mí. Me dice que no quisiera agredirme, pero que tiene frío. Le entiendo tan bien. Yo también he pasado frío a veces. Mientras me desnudo, una salamandra acelera su paso ante la persecución de un gato. No todo debería de salir mal ¿No crees? Manuel se está abrigando con mi ropa. Una vez vestido, me mira riendo. No es de mi talla, dice, pero tengo una navaja y tú no. Siento ganas de lanzarme a él, tengo frío y no siempre respiro bien. Huye en la dirección donde antes estaban las cabezas amontonadas por el suelo. Yo levanto la vista. Me entretiene el gato, que ahora pasea con la salamandra en la boca. Seguramente ha de alimentar a sus crías. Levanto la vista, avanzo desnudo, sin importarme, a lo que siempre fue la plaza de este pueblo. En mi recorrido veo el cadáver de una golondrina. Miro al cielo. Es entonces cuando reparo en que hace muchísimos meses que no veo pájaro alguno volando, sin más, en este paraje.