Melatonina y dios

Alguien debe vindicar el poder más que glorioso de la melatonina. La melatonina me ha convertido en otra persona. La melatonina rejuvenece mi higiene onírica. La campana de cristal que es mi cerebro se ha hecho añicos y ahora todo lo veo como cuando en Valseca nos comimos un tripi entre tres en nuestra peña, la Cowboys Disco, en verano del año 94, un día después de que Italia echara a España del mundial de EEUU. Se me han caído las vendas de los ojos gracias a la melatonina. He vuelto, regresado a vivir una vida que me permite ver. No obstante permanezco hierático. Mi novia me dice que me ve raro, pero que no me tome eso en serio si estoy bien. Lo importante es estar bien, dice. Y sí. Yo no me reconozco porque, seguramente, me he convertido en lo que la melatonina quiere ofrecer de mí al mundo. Soy alguien; mejor: soy algo, otra vez, sin amigos, sin parientes, sin nada, pero con melatonina. ¿Cómo decirlo? Puedo hacerme las pajas más tristes esta noche. Justo antes de tomar el Escitalopram voy a llenar el valle de un gran licor blanco. La melatonina, así como mi personal arroz con leche, es blanca. Quiero un mundo mejor. Un mundo donde la melatonina se instale en los nocturnos cerebros de los relojes que resuenan a la hora de regresar a una nueva dosis. Una nueva dosis es mi Dormir y soñar. Antes, en mí, Dormir y soñar fue un mantra a recitar en alto camino de los grandes montes, nadando en el Mar Muerto e introduciendo en mis oraciones a Lee Morgan. Lee tocaba la trompeta. Me gustaban sus agudos. Pero con eso no se duerme. En mis sueños hay mi imagen de vencido arrastrando una cometa que, recién tiroteada, baila en el suelo. Expresa la vocación de querer regresar a ser el hilo que pende de ella. Yo la dejo, varada, que se la lleve el mar, ese Mediterráneo que contiene lo menos 10.000 litros de vómito mío. Yo llamaré a mi chica y le diré que he renacido, que hoy hago dos semanas ingiriendo melatonina y, por mucho que esté callado, hipnotizado frente a la luz oxidada de un ordenador, soy la farola que perece en mi manera de descansar y pedir a dios, de dormir, sí. Soñar, lo que es soñar, sueño. Y encima estoy adelgazando. La melatonina es una casa. Al entrar cualquiera está más vacío que ella. Sobre el único sofá la melatonina, Ana y yo nos volvemos a recostar. Si un virus nos matase seríamos el regocijo de un suspiro más sobre la tierra. Los insectos son buena gente. No debí matarlos. Ya no lo voy a hacer más. Algún día a mi familia le gustará lo que escribo. Algún día papá, mamá y mis enterrados abuelos me leerán y reirán, como yo, con mirada de loco, mostrando la dentada. Todo lo que perece es comida. Todo es melatonina, como Ana, como los insectos, como Lee Morgan y su Sidewinder y como yo, que me llamo… bah, ya ni me acuerdo. Lo cual es sano. Alberto, coño, me llamo Alberto. Se me olvida, pero al final me acuerdo: Alberto, coño, Alberto. Como Julio Alberto, el futbolista de la farlopa que será mi enterrador en el 2100 después de La Mano de D10S, que también está hecha de melatonina. Es más, tú que lees esto, estás también hecho de melatonina. Todo. La galaxia descansa a nuestros pies.