En qué lúgubre estancia
llena de pinos cuyos troncos
quedaron añejos
fue entendido el apetito de nacer.
En qué tiempo uno se da a nacer por sí mismo
cuando el resto de amabilidad con uno
se hizo espejo.
Con qué docilidad agarramos el tallo
y comenzamos a buscar posada
en el relámpago anterior,
aquel al que el trueno concedió significado.
A qué dónde,
a qué simbólica miseria,
a qué estos campos cuyas hojas perecen
en el suelo del que son acogidas
por arrendados y ociosos.
A qué.