
Hace un mes que no visito el bar. Supongo que sigue trabajando allí la camarerita joven, hermosa niñita, curranta. Cuando voy evito beber demasiado no sea que se me caiga la baba delante de ella. Parece que le caigo bien. Soy una especie de dandi de camiseta de Los Ramones. No me peino. Conservo la personalidad casi impoluta de dejar que el azar y el aire hagan ese trabajo. ¿Un whisky? No, bebo poco si estoy solo. Antes mi existencia sólo giraba en torno a mis babas, el líquido y el espejo enfrente de la barra. No me veía. Cada vez menos. Y, si era capaz de verme, hasta me veía guapo, que es algo que hace muchísimo tiempo que no me pasa. La camarerita ayuda a que me vea mejor, con unos ojillos que me prometen reducirme a la mitad de mi vida, de la que ejerzo de tío moñas. Normalmente suelo estar en mi cuarto (pijama y batín), ese mausoleo medio enterrado por baldas. Encima de ellas, los libros que sólo salvaron mi fantasía en la veintena, dejan que les mire y suponga, antes de ponerme a leerlos, dónde fue, en qué tienda logré adquirir esa joya. Abrirlos me cansa. Leerlos… ¿Leerlos? Eso se lo dejo a los utopistas. Yo llegaba del segundo whisky, de mirar a la camarerita disimulando y reír un poco con ella, y me ponía a escribir en el Facebook. ¿El qué? Mi vida inventada. Porque a mí no me ha pasado nada o casi nada. Y, aunque me lo invento todo, digo la verdad. Por eso me aprecian en la barra. Una pátina honda de verdad y auto-rechazo. ¿No querías no trabajar? Hoy he probado el videojuego Los Sims. Debía otorgar al personaje unas características. Ilustre, amistoso, patán, austero… Le he comprado una cabaña. Luego he visto la opción de hacerle, de golpe, millonario, pero ya había elegido que sería un tipo creativo sin más. Porque hay mucha gente creativa a la que le va mejor. Noches de hotel en compañía, viajes a Dresde con todo pagado. Yo vivo bien, como bien, adelgazo bien, tomo píldoras selectas y, alguna vez al mes, bebo un whisky o dos porque así le sigo la pista a la joven camarera, una mujer que me gustaría abrazar muy fuerte, romper a llorar en la palma de sus compasivas manos. Soy más patético que mi Sim, a quien he otorgado el nombre de Matojo y el apellido Fermoso. No he sabido qué cara ponerle, aunque lo he intentado. Parece el hermano tonto de Bud Spencer. Matojo Fermoso ve la tele y duerme, y el dinero se acaba y es repudiado por el vecindario. No cae bien alguien así de solitario. Matojo Fermoso no es solitario. Socializar es lo que más le va, pero usa como manía la desaparición (de puro cobarde) y busca bar donde quepan menos tentaciones cada vez. Un lugar casero, triunfal… Ante la idea de trabajar en Los Sims (nótese la maldad: trabajar en Los Sims) prefiere fabricar, dentro de la ciudad de Los Sims, una chiquilla tan ideal como la camarerita, una manera dulce de caer despacio. No, niños no, cariño. Vale, iré al INEM de nuevo. Ok, me sacaré el carné de conducir. Ok, compraremos un coche… sí, en casa de mis padres. Están enfermitos y hago que les cuido, cuando, en verdad… No sé, me voy a ir a acostar, que mañana Matojo no libra. Tú tampoco lo hagas, cariño de mis amores… Ve a, no sé, sacarme de aquí. Tranqui, ya no lloro más. Esta noche vamos a por los trillizos.