A mí lo malo,
la noche envejecida,
los árboles mejorando mi fachada.
Lo malo o, en todo caso, lo peor,
donde se abrazan ramajes y pájaros.
Mi niñez es el nicho
al que me da por mirar.
Yo, que valido lo malo,
que carcajeo ante los cristales limpios de los coches.
El bosque es otra cosa,
una pedrada varada entre mis órganos favoritos.
Yo, que entristecí a mis mayores
debido a estar quieto
mirando las ramas moverse,
dejando el fruto para los pájaros.
En esta noche cuanto sé
es el cuervo,
dueño de imperios que sólo ve
quien vuela alto.
A mí lo malo.
Haría con ello lo mismo que haría
con la pintura oxidada del autobús
de las excursiones escolares.
Una vez existí.
Es sólo por eso que repito lema:
A mí lo malo y,
de no poder ser, lo poco menos malo.
Desde la habitación distingo títulos escurriendo
por la solapa de sus libros.
Me rodea un parnaso
completamente falsario.
Acuño monedas cuya cruz
es un Tiovivo,
la parte final del tedio,
que es aquello que mueve cuanto toca,
cuanto exhala,
todo aquello con lo que uno arremete
para otear su apego a la vida.