Mayo caía plenamente con su sol agotador y el regreso a la tierra del coronel. Una persona de quien recordamos tanto en el día de su funeral. Pareciera vivo, vernos, a través de su decencia, como fue costumbre. Y no esa mueca tan árida en su rostro de recién difunto, aún caliente, como durante la vida, el ardor, la viuda. Todo favorecía que, en cualquier momento, hombres a sus órdenes como yo, hubiéramos podido caer al suelo devastados por la pena, pues, a pesar de cierta arrogancia que le venía de cuna, se portó bien con todos y cada uno de sus súbditos, quienes, además, por el hecho de venir a despedirle, cobraremos propina de la mayor de las hijas. El ataúd, de golpe, está cerrado, dispuesto bajo el calor del uniforme donde habitamos los hombres de paz en el momento en que el cura don Viriato se dispone a animarnos al rezo, así como a perdonar pecados menores del coronel. Entre esas palabras se oye una especie de mugido. El mal olor no se hace esperar. Todos sabemos de los pecados del coronel, siquiera manchas en historial tan avezado. En lo que los enterradores proceden a hacer su trabajo y el cura se encomienda a las escrituras, apenas el mal olor se mezcla con el paisaje, unido al calor bien puede saberse lo que pensamos más de uno. Incluso de la Sra. Llorente, su sirvienta, cuyos favores al coronel nunca fueron secretos para nadie, incluida la viuda para la cual la buena de la Sra. Llorente sigue sirviendo sin más, pues es ávida a la hora de disponer la mesa y limpia, sobre todo limpia. También muy obediente, escapa alguna que otra arcada. Poco a poco el olor desaparece. En lo que se oye cómo la arena choca contra el ataúd puedo ver el rostro de mis compañeros al evento. Todos los ojos fijos en el suelo. Juntos, son demasiados pensamientos. Parece mentira. Parece mentira que hombre tan justo como el coronel haya fallecido de manera tan tonta, de un resbalón en el baño. Una vez los enterradores han finalizado, don Viriato dice En Paz Descanse y los acompañantes se ponen en fila, esperando la propineja prometida, dispuestos a malgastarla en vino que se tomará en brindis inacabables en recuerdo de la persona que hoy nos falta. El coronel, uno de los hombres más respetados de nuestro gremio, a quien nunca jamás olvidaremos.