Cada noche tomo mi medicación. A veces la tomo de mañana. Me acuesto sobre la una del mediodía. Al despertar no sé qué hora es. Tiemblo a menudo. Muchas veces quiero enamorarme y sale el tema. No, dice mi tía Pepa, no digas que eres esquizofrénico, di la verdad, di que tienes esquizofrenia. A veces me lo callo. Y luego lo digo aquí, donde a veces se me lee. Oh, tú no estás loco, tú lo que pasa es que querías cobrar una paguica. Llevo treinta años dormido, con la emoción amaestrada. A veces estoy bien. Tengo ingresos en centros de descanso. Me han atado a una cama. Me han dicho: Si no te tomas estas píldoras, te haré tragar monedas. Hoy estoy cansado. Pensé que había mejorado. Estoy creando una página web con una amiga, sobre mi arte. Muy contento de encontrar elogios a mi obra literaria. Personas que he conocido aquí. Que me leen. Y ahora necesito una mano que llegue del trabajo y se siente conmigo, abra una cerveza y diga ¿Qué has escrito hoy, amor? Echo más de menos eso en mis relaciones que el sexo. El sexo lo recuerdo. Pero mucho menos. No es que esté completamente libre del deseo. Pero los efectos secundarios lo menguan mucho. ¿Una paguica? Hay que ser hijodeputa. Compro tabaco. El estado me da tabaco. Vivo con mis padres. Salgo poco. A veces me emborracho y me siento bien un par de horas. Luego el demonio viene, cuando llego a casa. Y me canta canciones de la infancia, cuando yo era el niño rubio de los rizos, cuando yo era el Rey Arturo, El Increíble Hulk. Cuando yo era Albertícola, el marciano amigo del vecindario. Y corría mucho y jugaba al fútbol y soñaba con ser Paulo Futre. Estoy muy cansado. Mañana es otro día. Y siempre mejoro. No me preguntes por qué. Porque soy fuerte, me digo; por mucho que eso sea falso.