
Buenos días, moqueta manchada de sangre y de suicidio que adorna mi habitación junto con los libros. Los libros aparecen en tan secundario lugar como el piano en cuya cola una vaca muge canciones de otro tiempo. Queridísima Lucrecia, negra de mediodía, bella en la mismidad de tu voz bruja, bella de perlas y nácar en el nacer del cosmos. Yo, mientras te miro sonreír, soy un no nacido, un suicidado de la tarde que no vio villancicos en la partitura del año. Bella de 29 de febrero. Oro y marfil de dientes que muerden la primera manzana de la vida. Yo me miro contigo, imaginada y desconocida, el árbol de la Navidad que viene contiene las luces y algarabías de las trenzas de tu pelo. Eres tan amable, tan simpática. Yo necesito ver una imagen tuya para apremiar la salida de mi casa. Los gorriones desaparecen. Son casi extintos. Pero no me importa si en el cielo de uno de tus ojos se refleja la calidad del aire de una ciudad llena de confusión y coches. Lucrecia negra, santa de dechados y niños, tu alegría hoy va a ser el motivo por el cuál me duche tras una semana sin hacerlo. Muy buenos días, Lucrecia de girasoles y nenúfares echados al agua por la mano de un demiurgo medio ciego. He de brindar por el amor con Lucrecia algún día, aunque sepa que ese día no va a llegar. He de vomitar un hada una de esas noches donde nuestra Cenicienta descalza besa uno de los muchos sapos que escapan de mis libros. Yo no te conozco y te abrazo un poco, lo mínimo para no hacer que quien lo vea llame a la policía. En esta mañana blanca, Lucrecia, yo hasta te beso. Hasta te beso. Lo voy a dejar ahí, porque la cucaracha que se mete dentro de mi bata no sabe apenas más que el alfabeto. A veces, la muy desvergonzada ha presumido de ello. Lucrecia, tú eres su signo contrario.