Ruavieja

Hace tres días me di un afeitado. Un par de horas después contacté con Ella vía pantalla. Me preguntó si me había borrado la cara. Le dije que era probable. Tras conversar sobre nosotros y el mundo y, de paso, sobre el mundo y sobre nosotros, colgamos. Entré en el baño y me miré. Efectivamente. Mi cara no existía y, por alguna razón que se me escapa, yo seguía reconociéndome. Recordé los días segovianos donde fui feliz. Suponían un recuerdo poderoso. Y, además, hacía sol. Yo estaba en manga corta. Corría de aquí para allá y, de paso, de allá camino hacia aquí. Después empezaron las depresiones que, es sabido, es una enfermedad que no existe. Un día me enchufé ocho pastillas de Prozac y ni siquiera me entró sueño. Estupidez pura es lo que me entró. Hice el ridículo, creo, en el bar de Marcial; aunque, siendo justos, no pasó nada. Me conocían. A lo mucho dirían que el chico La Ciriaca estaba tan como una puta cabra como de costumbre. Últimamente, como dije, tras afeitarme no tengo cara y, no obstante, me reconozco. Soy el calcetín donde poté todos los licores Ruavieja de la Galaxia.

Lavaré lo más concienzudamente que sepa esa lana. Y luego la secaré. En lo que el sol recobra el blanco esencial de esas especias, ese mequetrefe de fuego será aliado mío. Luego, cuando ya se vaya a ir, me daré la vuelta, sobre mí mismo, como hace la luna. Volveré a las explanadas y jugaré al fútbol solo. Regatearé rivales invisibles y marcaré un gol desde mi campo que nadie verá. Una vida vale eso, supongo. El sol. Las eras. Los calcetines. La barba. Una barba. La navaja. Desde la empresa de licores Ruavieja quieren que la próxima vez me grabe echando las albóndigas. Odio a esos putos destiladores. Es en mi corazón donde aprueban las fórmulas que luego usarán en sus siguientes tóxicos. Hoy he vuelto a llamarla. Mierda, ya empieza a crecer ese pelo. Ya me compone. Me asienta sobre una base. Es la base que Ella llama: Parece que vuelves a parecerte a ti.

Alb (2022)