“No es humilde aquel que se odia” (Cioran)
Gustaría de ser el niño,
ese que comía polos de limón en el bar
con la propina de su abuela,
ese que sigo siendo
(a veces siquiera la soledad te lo permite).
Quisiera encontrar al pequeño que fui,
esa carne aún tierna
que había de destruir
con el objeto de cocinarlo.
Aquel chico apuraba antes de irse.
Quizá retorcerle el cuello hasta oír cierto chasquido.
Pero era amable
aun sólo poseyendo
lo que poseo yo ahora.
A veces recorre todo mi cuerpo
en bicicleta.
Otras al escupir alguna que otra membrana
que le fue perteneciente
sale en el gapo.
Y no hay nada que hacer.
Le rezo,
le digo que quiero que siga aquí,
vivo, vivísimo.
Lo más parecido a un ángel.