Una manera de la ataraxia

Mis obras literarias, ahí están. Las aborrezco. ¿De dónde sacaría el orgullo para vadear sus desatinos? Yo, que me creí avanzado en el arte de haberlo vencido, de haber cogido un bisturí y vaciar de pus el contenido del orgullo. Infección es lo único que trae. Porque yo he aceptado propinas y aguinaldos destinados a un caldo caliente, eso cuando no se me ha dado la ocasión de una hamburguesa. Adoro McDonalds y Burger, son lugares parecidos a mi alma. Una mesa donde pides cuanto vas a comer, una espera, asientos gemelos, iguales, contenedores donde vaciar, como mi cabeza, las distintas bandejas llenas de kétchup y mostaza, los lavabos, con intimidad para darse al vómito. Y, dentro del cuerpo, esa misma carne repetida una y otra vez en mi distinta materia orgánica. Odio mis escritos. Van a más. Leo que uno de ellos ha sido bien acogido por un crítico. Es la página más visitada de su blog. Alberto Masa, Días en pijama. Vomito arroz y viento, mi paladar con sabor a paté de oca, mis lecturas de Valle y Gómez de la Serna. ¿No se ha enterado de que en la obra nada emana sino de los dedos tecleantes? No hay memoria. Le diré: abismo. Miedo. Ganas de partir. Haloperidol (he regresado a las 50 gotas mañana y noche). Renuncio a mi vida cuando era dibujística. Lo hice a finales de 2006. Mi verdadero amor murió. Está retratado dentro de un carrete fotográfico que no voy a revelar. Su nombre, es lo único que recuerdo de ella. Apenas un nombre y una muerte temprana. Un camión cayó sobre su Opel Omega. No iba acompañada. Se encontraba cerca de Jaén. Un número más, una etiqueta sobre la que rezar. En dos días, sólo polvo. Las cenizas las guarda su madre. Mi primer libro está dedicado a ella. ¿Pedirle perdón? Qué menos. Es un desastre de libro. Algo más hecho para jugar que para leer. Pido limosna al resto de caras bonitas que he encontrado en La Tierra. Me voy a ir. A veces he pensado que soy necesario en algo. Estoy seguro de que hay cielo. Más que en contraposición con el infierno, se encuentra en contraposición con el limbo. Allí uno se fabrica su propio bebercio. Y nadie lee. Se ayuna. Se reza. Se escribe bien sin necesidad de la filosofía o la musicología. Allí mis obras, útiles a la manera de drogarse con barniz, descansan, a la vera de esa cara destrozada, a la vera de ningún encuentro, salvo con una gracia que siempre estuvo ahí. Y no se ve ni se huele, salvo en vida. Alcantarillado. Al igual que mis putos libros.