El desierto una vez más estaba repleto de andenes, en las pantallas no se distinguía uno mismo de eso que llaman gente. Una vez entrado en el metro la multitud y yo pertenecíamos a la misma novela. Eramos el trayecto fraterno donde me descubrí mirando a esas personas. A veces una mirada chocaba con la mía y volvía, junto con la otra, a darse a la fuga. El extracto consecuente, el foco donde quise construir una historia más fueron dos adolescentes besándose. El universo reducido a dos bocas y, de nuevo, el otro, alguien leyendo y alguien pidiendo una limosna. Acto seguido, ya habiendo llegado a mi destino, el punto final era incapaz de ser transcrito. Allí las bocas eran las mismas, también otras. Allí el atardecer era una franja de luz cayendo sobre el color de la cerveza.