Hubo veces en que era capaz de escribir historias sin someterlas al Yoísmo. Recuerdo grandes hallazgos durante la pandemia. Me inspiraba en grandes cuentistas como Eudora Welty, Juan R. Wilcock, Felisberto Hernández, Lorrie Moore o mi amigo Eloy Tizón, entre otros muchos. Los usaba como excusa pues, a través de lo que yo llamaba homenaje, escondía un canibalismo furioso, propio de la sed de llegar al acuerdo de que saliera algo mínimamente bueno que, además, tuviese éxito editorial. Llegué a publicar un libro de cuentos (“Preludio de una borrasca”). Tenía más de trescientas páginas. Tras dos años de publicarlo advertí que hubiera sido una mejor publicación si me hubiese dado por fulminar la mitad de su volumen. El amigo Antonio Tocornal me lo sugirió cuando le conocí y más tarde escribió un volumen de cuentos casi legendario llamado “Cadillac Ranch” -como la canción de Springsteen-.
Hoy no sé evitar el Yo. Me fundo con Facebook, que ya dejó de ser una especie de cadena humana hace tiempo y, no obstante, siempre trae generosidades y afinidad con personas de todo tipo, cariños cuyo recuerdo enriquece la gracia y, de paso, el alma (hay muchas personas a quienes no les gusta esta palabreja -a mí sí-).
Mi eterna Tarara se abrocha los botones de su vestido bajo un halo inspirado en la enfermedad mental y, hoy, revisitando recuerdos, he reparado en que su celebración toca.
Hoy mi literatura es el psiquiátrico del cual estamos hechos la mayoría de personas. Sólo hace falta echar un vistazo a las boticas. Intento animarme. Yo ya me quedé en trance hace tiempo y esas molestísimas píldoras sólo me proporcionan una realidad con la que he convivido bastante más de media vida (sumado al hecho de que puedo permitirme no trabajar desde hace unos años), me convierten, aunque muchas veces no lo perciba así, en un afortunado. No quiero dedicar esto a mí, que me prometía, en un inicio, un post cuentista y me he ido hacia el lugar del mal (los cuentos que más me gustan flirtean con él). Mi padre está perdiendo la cabeza. Mi esperanza es que le veo con ánimo. Ánimo que es peligroso cuando, a través de su teléfono, compra engañifas como crecepelos o simuladores falsos de Ozempic (resueltos en infusiones de boldo que, según él, fabrica el Dr. Cavadas -que niega públicamente que eso sea así-). No sé qué hacer ante este problema tan grave en lo que mamá sigue recibiendo quimioterapia. Si bien hoy celebro mi mejoría medicacional (mis efectos secundarios los procura la ausencia de esos malditos antipsicóticos -malditos benditos- y antidepresivos), se me cae medio mundo al comprobar que poco puedo hacer por ellos y lejos de mi autoridad figura la escucha de mis consejos.
En definitiva, brindo por mi día con miedo. No, ya no es mi día el día de la Salud Mental. Ahora corresponde a verlo en una pareja que fomentó el amor a la manera que sabían y en su circunstancia generacional (y me dieron la vida). Demasiadas personas, hoy día, a quienes reverenciar, por mucho que no vayan a leer esto. Sin ellos… esto es ya demasiado largo.
Permiso de abrazo a quienes hagan mejor por la salud mental. Yo me he acomodado y hablo de eso cuando digo algo, aunque no siempre. A veces me siento impostor ante el tema. ¿Ayudar? No estoy en contra, pero ¿Pudiera parecerlo? No me faltó en los psiquiátricos mi dosis de tabaco (el precio, excesivo, no lo asumía yo). Tampoco los bocatas de lomo cuando mi padre venía y aprovechábamos para hablar de tiempos lejanísimos, según ambos, más felices.
PD: Sé que estoy en deuda con escribir algo alegre y divertido.