Hoy es el día mundial de la salud mental. Lo que yo veo, hoy día:
Observo que se menciona la tragedia final de muchos. Me parece justito lo que se aporta sobre la dotación de un diagnóstico. Y nada, o casi nada, de los efectos secundarios que padecemos los pacientes sometidos a medicación neuroléptica, sin la que, muchas veces, no podríamos mantenernos semi-vivos.
Intentaré explicarlo de otra manera más bonita:
Una vez, hace muchísimo tiempo, yo era una persona normal, un estudiante no muy bueno, pero que iba sacando los estudios. Tenía muchos amigos. No me sentía desplazado. Me gustaban las chicas. A veces se me acercaba alguna de ellas. Reconozco que el ligue nunca se me dio muy bien. Cuando llegaban las vacaciones de verano, sobre los diecisiete años (dos años antes del diagnóstico de Esquizofrenia paranoide -que evito mencionar mucho porque me reduce socialmente y que menciono, todavía con ello, de todas maneras-), yo ayudaba mes o mes y medio en la fábrica de rótulos de mis padres y, luego, me iba al pueblo de mi familia, en Segovia, donde jugaba al fútbol, escuchaba la música de mis ídolos del rock y salía de marcha. Me gustaban las cosas que era capaz de compartir con la gente o, al menos, con aquella gente con la que me identificaba, y que eran mis amigos. Después empecé a no dormir, perdí el sentido de la orientación, fui a un psicólogo que me tildó de drogota frente al poco conocimiento de una familia más o menos humilde, de barrio, que empezaba a mirar más lejos en cuanto a su negocio. No, no voy a contar nada más. Lean mis libros. Es una pena tras otra. Al principio, mis amistades se volcaron. Suelo estar solo. Me acompaña Facebook y los libros, me gusta lo mismo de mis diecisiete, la amistad y compartir. Me enamoro una vez a la semana de imposibles. Soy muy buen escritor (en cuanto a eso estoy servido de ego, aunque me cuesta más dinero del que gano ir sacando mis libros, que es difícil, pero no imposible, encontrar en librerías). Soy una mierda. A pesar de mi ego, mi estima hacia mí mismo es bajísima. Tantos efectos secundarios me reducen. Estoy gordo. No me gusto y hace mucho tiempo que no me miro al espejo. No me he independizado. A veces me hacen preguntas. Me han llegado a decir que finjo la enfermedad para cobrar una pensión. No voy a seguir. Hoy no estoy bien. Ha ganado mi equipo, pero ni siquiera me gusta el fútbol. Soy anhedónico, aunque quisiera experimentar placer con cosas pequeñas y grandes. Por suerte, eso que llaman ataraxia me apaña, me viene bien. Odio la autoridad. Yo no la manejo. Y no quiero volver a ser ingresado. Mis padres están muy enfermos. No puedo conducir. Vivo en un pueblo muy mal comunicado, que no me ofrece nada. No me gusta la política. Ni la televisión. Leo, cuando puedo concentrarme. Los antipsicóticos no son fáciles de llevar, pero si no los tomo, entonces. Entonces… no sé.
Hoy no funciona bien mi relación con las teclas.
Suelo escribir cosas bonitas, más en este día que concibo como una celebración, casi. Un reconocimiento, casi. Por mi voluntad de mejorar como persona y profesional.
Pero no lo veo. No sirve. No sirve. Estoy solo. Voy a cumplir 50 años en unos meses. No sigo.