En el día de la salud mental, de cuya insania hablo mucho, me declaro fan de pequeñas cosas que generan espejos grandes. La ilustración de Juárez-Casanova me viene que ni pintada. Hoy he hablado con Sílvia Casanova, co-autora de imágenes cuyos conceptos siempre me ayudan a encontrar a la silla una quinta pata. ¿Qué tal? Nos conocimos aquí. ¿Puedo usar esta imagen? ¿A cuál te refieres? A esa en la que me veo a mí. La respuesta ha sido un Sí. Y soy ese tipejo (con excepción de hoy, que capaz sería incluso de trabajar), me veo en el escondite que usa ese personaje. Un aspirante a la existencia, no más. Le gustaría llegar, pero no sabe. Su madriguera es cuanto de su cuerpo hace. Olisquea cada momento buscando una mejor fortuna, de la que no se siente merecedor. Estar vivo. ¿Ser incluso amado, quizá? Qué acecha afuera, nos decimos, piojosos habitantes de este aula. En su arte, es una cabra montesa. Y el vértigo que recibe es su propio cuerpo. ¿Qué puedo añadir con palabras? Debería hacer mío un dibujo (a veces os he mostrado alguno), pero he perdido lo que se llama “mano”, con lo que me costó educarla. No añado más. Siempre atento a las ilustraciones de Juárez-Casanova. ¿Por qué? Porque no me llega sólo siendo fan de los Ramones y poco más. Gracias, amigos, por enseñarme. Y en esta imagen por hacer que vea en ella lo que asumo como alguien a quien abrazar. A quien decir: No puedo hacer gran cosa, pero estoy aquí contigo.
