
A veces me levanto a horas en que un vino es una idea que nace muerta. No me he acostumbrado de nuevo al CPAP. Mi dispositivo alcanzaba el aire que yo necesitaba muy difícilmente y esto hacía que mi cerebro, convertido en una gran albóndiga, eructase al degustar la salsa que la rodeaba. Me levanto. Leo a Cioran, a Bataille, regreso a Artaud, que es como la casa que no le pertenece a todos y a donde, precisamente por eso, todos acudimos en busca de diagnóstico alguno. En la entrada al hospital nos ponen una calcamonía y, mostrándola, uno tiene acceso a todo tipo de médico. Opté por la española Heradia García, una señora que me proponía adivinanzas acerca del espíritu, adivinanzas que yo no acertaba. Luego me mostraba un dibujo y me preguntaba ¿Qué ves aquí? Claramente era el mapa de un sonido. Es el aire que se debe a entrar por el tubo de la máquina para proporcionarme respiración. Doña Heradia me interrumpe: Todo tubo tiene un principio y un final. El más conocido -sostiene- va de la boca al ano. Mis desechos sin depurar pasan a ser comestibles de nuevo. Un animal muerde mi interior y mi respuesta es la risa. Dña Heradia me llama la atención, dice que este es un sitio serio. Poco después, podridos sístole y diástole, me marcho andando a cuatro patas. Lo mejor de este lugar es que los recuerdos en donde te encuentras más vivo regresan. En el salón, los mejores amigos preparan un cóctel. Es una pena que una vez la calcamonía se borra, ellos marchen, junto contigo. Ese difícil momento en que uno es consciente de que ya no recuerda sus jodidos nombres.