Porque no soy nadie ni nada,
un nosotros siquiera en alguna parte,
por los escalones avanza mi desalojo
precipitando maletas vacías
sobre la escalera calada de resina,
la entrada hacia afuera.
Dónde la antorcha, la llave,
los papeles mojados del testamento
de mi fallecido jardín.
Los días donde una camelia era yo,
y también un diente de león.
Fueron amigos. Por un momento
me vi resucitar. Formar parte
en calidad de testigo de la ciencia
de los jarrones rotos,
de los caracoles que reptaban
en los días de lluvia.
Porque no soy nadie ni nada,
un nosotros es el baúl
donde se van coleccionando
los aparejos de quienes hoy somos mortaja.
La juventud fue el asombro,
un pez rojo yendo de aquí a allá
en la pecera de una madre.
Intento agarrarlo todo,
hago por ver en una noche
donde las farolas apagadas
se prestan al mejor abrazo.
Un nosotros siquiera en alguna parte.
Me eché a morir con la dignidad
de un tejón muerto a palos.
La camelia y las tormentas felices.
Hice por recordar,
pero no fui capaz de rescatar nada.