
Disfrazaron aquello que me granjeó sufrimiento de por vida. Le pusieron un disfraz de oso y le colocaron encima pijama y bata. Soy yo, sigo sin entender muy bien por qué. Entonces casi todas las chicas de mi mundo se llamaban María. No todas ellas merecían la pena, aunque fabricaban un ente feliz bajo tanta ropa. La bata era de lana gorda y yo me acurrucaba pensando: De la que me he librado. Unos bloques más allá hay gente que coloca un CD en la pletina del DVD y disfruta viendo al oso marturbándose. El oso está cada vez más drogado e incomunicado. Yo tuve amores reales, pero se fueron. No los movía la libido, que se hubiera manifestado. Era amor. Y esa era la razón por la cual yo andaba solo por las calles de una ciudad extranjera, libre e ilusionado. Creí que me pasaría más a menudo, con cada conquista, pero lo que aprendí más tarde es que sólo pasó aquella vez, que fue la vez en que aprendía el regalo de sentirse vivo. Viene por el amor, el amor, y no por la concupiscencia, que es un teatro la mar de diver y no quisiera negarlo. Hoy, el oso está hecho un guarro, lleva una bata desde que llegó el frío y se deja morir, a veces hasta matando. Yo entonces, cuando las chicas se llamaban María, yo no sabía que ese sentirse era algo que iba aprendiendo, y que no se iba a volver a repetir jamás.