Crear un mapa

Estoy casi seguro de que muchas personas son bien capaces de establecer un mapa de su vida, de dibujarlo incluso. Yo no. Me han pasado cosas como, imagino, a todo el mundo, pero nunca sabría por dónde empezar, por dónde acabar. Si me sitúo sentimental, no nombraría en este momento a más personas de una chica a la que conocí con catorce o quince. Aquel no saber qué sucedía ha creado monstruos en mi mente. Son la base de lo que dibujé después, cuando me convertí en dibujante y viví de ello. Si consigo retomar una probabilidad de mapa, también puedo hablar de esa palabra tan malgastada, “locura”. En 1996 empecé a tomar píldoras sin las que no puedo vivir. Desde entonces, pienso menos, más torpemente, a la vez de manera profunda y ligera (somnolencia, cansancio, torpeza…). No puedo conducir. Eso ha restado muchos servicios por mi parte. No, no soy capaz de dibujar un mapa certero. O sí, pero estaría siempre en casa, en esta habitación, leyendo o intentando leer. No lo sé muy bien. Intento comprender el mundo. También entro en las redes sociales. Acabo de ver un comentario de alguien acerca de la famosa “paguica” por esquizofrenia. Decía “Una paguica y a vivir”. Yo recibo una prestación desde 2012. En realidad la recibe mi madre bajo la idea, que lleva a cabo, de cuidarme. Responde a un 67% de incapacidad. Yo me veo muy capaz y muy solo, aunque a veces he comido y bebido bien. He tenido hasta novias. En el posible mapa de mi vida 2012 aparecería como la aceptación de que soy un vividor. Pero no lo soy. Me han entrado ganas de quedar con el comentarista, de decirle que probemos quién tiene más fuerza.

Respecto a las redes sociales, conozco personas que, como yo, aparecen y desaparecen. Si tuviera que dibujar un mapa de nuestras vidas sería una línea discontinua.

He intentado crear un mapa, incluso haciendo uso de mi piel, aunque apenas tengo un tatu, y es pequeño (un punto y coma). He explicado mi historia aquí muchas veces bajo fin de comprenderla o encontrar a alguien que se haga una idea.

Voy a publicar mi décimo libro, si bien sé que eso sirve para muy poco. He escrito demasiado como para no aparecer en casi ningún lado bajo oficio de escritor. Además, hay muchos escritores y muchas escritoras (somos granos de sal disueltos en el océano). A mí, hace mucho, me llamaron “promesa”. Creo haber cumplido con creces. Monetariamente, gasto un 800% aquello que recibo como viable escritor y estudiante de la nada, como alguien que intenta escribir, en ausencia del dibujo, un mapa, en herramientas para seguir haciéndolo. Creo que una risa proveniente del demonio está dirigida a mí. Y no por eso soy mejor. Ni siquiera he respondido al autor de ese comentario acerca de las “paguicas”. Quizá quede con él y le dé mi mitad. Comprobaría que le daría para tres cartones de tabaco. ¿Los compartiría conmigo?

Ahora, en lugar de dibujar o escribir mapas, voy a tomar píldoras tranquilizantes. Aplazo el momento de decir adiós porque no sería justo para con otros. Y pienso en mi amor de los trece o catorce, cuando yo me creí poseedor de algo parecido a tener una vida, a merecerla. Gracias por tanto, queridos amigos, por leer, aunque sea. Por pertenecer al mapa.