Mamá y yo

Brunete (1999)

 Hoy he visto un libro de mi autoría sobre la mesa-camilla de mamá. ¿Y eso ahí? Me lo quiero leer, aunque me cuesta. Lleva más de siete años sometida primero a radio, luego a quimio. La última vez el proceso le ha atizado fuerte. El viernes, pruebas. Yo me digo: Cuéntate algo, como si todo lo achuchable fuera eterno. Como si la hermosura premiase pasados años de fatiga. Tuve una madre, y también varias. Todo el mundo era mi madre, aunque sólo recuerdo la niñez. Feliz, agraciada, locuela. Al recogerme de la guardería de Móstoles, donde alquilaron un piso, regresábamos a mi casa, la casa de los abuelos, que también fueron madres mías, escondiéndonos por entre ramajes y edificios llenos de grietas. Un día, recuerdo caer chuzos en punta de lluvia. Yo preguntaba si eran pianos. Ella reía. Papá, deterioro cognitivo que no para de ir a más, también era mamá. Yo deberé irme. Guardarán mi cuarto. Los libros, que en cierto momento fueron religión y hoy son abismo. Porque no me concentro yo tampoco, mamá. Las píldoras para mis cosas mentales me atontan y, cuando las abandono, como últimamente, me gusta menos la persona que soy. Soy peor, recurro a estrategias. Me convierto en algo que juega y se recrea. Mi cabeza es Nerón Claudio y todas las madres de mi mundo arden en lo que yo, poseído por el solipsismo, no paro de recurrir a la carcajada, como si esta me vistiera y no tú, en la niñez, con trajes de entonces comprados por las tiendas de ultramarinos de Aluche. Zapatitos de niño bien, cara de pequeño Lord inglés. El resultado mató a mi abuela y ahora elimina a las madres que son papá y mamá, las difumina, las inserta en un juego donde las patas de la mesa de billar no miden lo mismo. Mamá intenta leer un libro mío, es la primera vez. No pienso en una vez ultimísima. Llega el otoño, papá mira Reels en su móvil ¿Qué ves? Pregunto. Dice que leones y gatos. Se dan besos. Es IA. Él no lo sabe y no le saco del error. Mamá en las fotografías era bella. Posee coraje, orgullo… Es algo que no ha resultado en mí. Viviré aquí y allí, más o menos austeramente. Decir que hice algo, que ayudé… No. Sólo estoy sentado en esta máquina de sonidos jugando a detectar por intuición el clima de la calle. Este pueblo no ha sido madre. Sin ser malo, no se daba a divertirse. No me ha encontrado este pueblo el día de los chuzos de punta, en el baile lento de los pianos de cola y los vestidos especiales para ir a la boda de un primo de Valseca, adolescencia que se perdió para mí, y donde dejé un vaso de anís del mono en la barra de un bar que hace años que no existe. Mamá me va a leer. Papá leyó en el pasado cosas mías, pero no las entendía, decía. El planeta es una madre. Yo miré de reojo. No era un espejo. Era un espejo.