Plegaria de miércoles

 En una ocasión, me vi enamorado. Apenas dos o tres rodajas de pan sin nada dentro más que miga. Estupidez, analfabetismo emocional. Probé a tirar del hilo de la poesía, que es pertenencia mía y del resto de idiotas. Escribo, publico. Vendo 15 o 20 ejemplares en un festival. Emoción llena de desatino, de pobre, de no mirar en la cara, que le retrata a uno ante quién es, la imagen de un espejo. La soga del alma. Oh, pobre cabritilla

echada a la nostalgia. Pobre amor fabricado de sexualidad inerte. Ella vio las fotos del pollón e hizo lo que había que hacer. El resto son la dosis corrosiva de tranquilizantes mayores. ¿Quién me creo para decir esto? Creo en la visión distorsionada de la muerte en vida. En las ayudas del cielo. En el paraíso blanco de Matrix. Yo rezo. Hago lo contrario que el mal hacia lo ajeno. Me ubico en el sol otoñal de las hojas pardas y vuelo al tiempo que me deslizo. Oh, maestro. Oh, genio. Oh, Parca irresoluble. Soy una mierde. Me subo a los palacios de la melancolía a probar frutos prohibidos. Quisiera atarme el cuello a una nube y que el pataleo no durase más que unos segundos. Amo a mujeres. Mozas en flor. Falderas, drogotas, ánimas de bellos Olimpos. Soy la cabra elegida para el sacrificio que supone no dar palo al agua. El resto es mortalidad. Viene y va, se columpia en las amplias veladas de aquellas cosas que uno tiende a olvidar. Las personas me cuidan en lo que me apuñalo suavemente, con energía falsaria. Sólo lo hago por animarme a estar vivo. Sólo lo hago para librarme de los esputos sanguinolentos de unos cuantos blackouts. Porque quise soñar. Y me decía: Ya lo haré. Ya lo haré cuando sea mayor.