Me recuerdo llorando para ella. Aquello era como interceder en una conversación entre dos faunos acosados por la posibilidad del trastorno. Hoy junto planes que no llevo a cabo sobre una mesa en donde residen dos ausencias. Desearía, en parte, salir más. Descubrir de nuevo Madrid tras una siesta de un mínimo de dos horas. El sol ha salido y, por lo demás, no vengan a mí esas imágenes repetidas en fotografías a las que alumbra la vaga luz de una vela en el sótano. Doy inicio hoy a un camino que casi siempre remite a la lectura. Si trabajase me daría por una serie a las tantas y no a ayudarme al sueño mediante inductores que arrancan parte de mi consciencia tras la toma para luego sumergirme en una noción toda blanca de la vida. Me recuerdo llorando para ella y sigo sin saber qué contestar a su pregunta. Huyo de una respuesta que sugiera a los faunos enfadarse el uno con el otro. Y espero a la vez que veo un horizonte que, quizá, también ven esos pobres charlatanes que, en ella, tampoco adivinan el momento de continuar una charla que ha sido silenciada por la alegría. Y esto me lleva a pensar en una palabra que nunca he sabido qué define y recurro a nombrar no sin vergüenza. Me refiero a “libertad”, y libertad sigue siendo escribir en la habitación. Desaparecer de la idea de morir por pensar.