
Anteayer propuse un nuevo escrito para estos papeles digitales. Una chica se llamaba Blanqui y fallecía a la edad de 31 años (accidente de coche). Adoro a la mujer que, efectivamente, se fue a esa edad y que no se llamaba Blanqui. Su manera de confrontar el mundo era amor grande para mí, pero mantengo su auténtica identidad como tabú. Aquí puede parecer que no me pongo trabas, que escribo con impudicia, que alardeo de tener manos que acompañan a las mías juntas en el camino hacia una Ítaca vacía. Procuro la prudencia, aunque no lo haga de manera majestuosa, aunque sepa para mí la elección del limbo como lugar idóneo para mis estaciones. Coloreé una hazaña que viví con esa chica, eterna ya con 31. Ella era tan maravillosa. No pensé que podríamos hacer pareja. Seguro ella tampoco. He de hablarla, ahora que ya no me escucha. Es importante. Amiga, risueña, sencilla, de inteligencia impresionante y dotada de belleza para expresar al mundo. Hoy sé que es un escrito que le quedaba pequeño, aunque yo manifestase mi adoración de la forma más libre posible.
Hubiera querido ser un hombre con familia, hijos, sobrinos. No el que teclea. Quería varios perros. En lo que mi madre maneja posibilidades de una residencia, donde ser cuidado cuando ella y papá falten, sé que no podré vivir en una. He sido ingresado muchas veces y, aunque conozco el encierro sin necesidad de traer a mi mente los asilos de descanso, sé que no viviría allí, así como no sabría mantener la casa familiar, desde donde escribo desde hace siete años. La respuesta, tras pensar en mi post fantasma del otro día, me digo, era Ella. Tiene 31 años. Vive parada ahí, como el reloj de cuco que cayó de la pared señalando las cuatro y cinco. Algunas personas de aquí saben a quién me refiero. Perdonen mi atrevimiento. En mi mente estamos juntos, jugando. No hay besos, tampoco sexo. Es noche cerrada de otoño y ella vive en mí. Más que yo.