La muchacha dominicana era una mulatona
gorda a más no poder,
a buen seguro crecían en su panza nuevas dominicanas.
Alguna de ellas
quién sabe si alguna de ellas me querría.
La dominicana, tras machacar sobre el haloperidol,
las pastillicas reguladoras de viables y rastreros efectos
me decía que mejor de un trago.
He visto en los pubs gente más torpe arreándose un Pink Panther
La dominicana entonces decía: Ahora a dormir, mi niño.
Pero yo no le hacía caso,
mis casi veinteañeras piernas corrían
buscaban un grabado de mi cuerpo en alguna de esas paredes.
No lo encontré.
Unos bedeles que apenas llegaban a mi edad
me amenazaban con un revoltijo de cuerdas,
yo les dije que no quería jugar.
Ellos solamente entendieron todo lo contrario.
Tras eso, me sobrevino una jarra rompiéndose en mi cabeza.
He dejado de pelear.
Los bedeles, cuando me acerco a las mesas donde solemos desayunar los internos
se dicen que lo han conseguido.
De no aceptarlo, aparte las noches, permaneceré atado.
Si viene a verme alguien, me quitan los nudos por un rato.
Hace poco no supe ejercitar la voz ante la visita de un amigo.
No, dijo él, te veo y ¿Sabes? No eres tú.
Uno, de manera natural, paulatina,
se acostumbra a su inexistencia.
Es un lugar donde el sufrimiento no nos sujeta igual de fuerte.