Un día que yo besé

«Soy un borracho», dijo en medio de la plaza la alegría primera, cuyo aliento huele a sapos vivos en el momento en que les da por cantar una canción a los niños pequeños para que se duerman.

Añadió que nuestra estancia no se cobra más que los cadáveres de nuestras queridas amigas las mariposas rojas que, a veces, no huyen cuando respiramos con la boca al dormir, sino que se quedan entre la tráquea y el estómago viviendo toda su vida, siendo, aunque a veces confundidas por los entendidos con coágulos de sangre, la razón primera para, después de levantarse, abrir la ventana y notar si entra frío o calor.

El corazón a veces es un rancho donde el encargado se pregunta si seguirán muertos esos animales o acaso sólo era que estaban dormidos.

Tú sólo vas paseando, en una de tus manos estás agarrado por una historia y en la otra estás agarrado por una muerte. Empiezan a tirar porque, aunque ellas a lo mejor no se enteran, crecen, pero a tu lado hay árboles, farolas, cubos de basura, ancianos y cosas de esas. Y ya está.

Bueno, tampoco dejan de ser cosas que se pueden ver a través de una ventana. A veces la abro. El silencio está detrás de ella.